Mala suerte

Se me ha caído el salero.

Bueno, no.

Lo he tirado yo.

Me he colocado bajo el marco de la puerta esperando que entre la mala suerte para poder darla con fuerza contra las narices y convertirla en moléculas dispersas sin ningún valor.

Pero a quién quiero engañar.

Ya está dentro.

Y no dentro de casa. Dentro de mi.

Se ha convertido en un huésped carroñero.

Es un sin vivir, bajo unas escaleras con 13 peldaños, que están esperando a que subas para tirarte después al suelo y golpearte con esa pata de conejo que en realidad era de ardilla.

Es un eterno escondite de días impares que se lamentan los pares.

Yo he pasado a ser la zona sin cobertura los viernes por la tarde.

Es postre que nadie pide por no ser dulce.

La piedra con la que golpeas a las nubes esperando que te devuelvan al sol.

Soy a la que desean mucha mierda después de haber pisado cinco en la calle y que ha terminado con la cara estrellada en la luz.

Soy el imán de la mala suerte durmiendo en una cama con más espinas que rosas y rodeada de gatos.

13 para ser exactos.

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